VALLEJERA- LA HOYA- NAVACARROS

Tener a tiro de piedra la Sierra de Béjar siempre es una garantía. Por eso, improvisar una excursión no cuesta nada y el éxito está asegurado, sobre todo si tenemos en cuenta que es otoño y los bosques están en pleno apogeo de color.

Se trata de una ruta circular de apenas 8 kilómetros que atraviesa los municipios de Vallejera de Ríofrío, La Hoya y Navacarros , que son los tres pueblos situados a mayor altitud de la provincia. Dejamos el coche en el aparcamiento lavadero de Vallejera, junto a una fuente, y nos encaminamos hacia la salida norte del pueblo para tomar el sendero que nos llevará hasta La Hoya.

Aparcamiento lavadero de Vallejera

La vereda es muy sencilla y llana, rodeada de robles y castaños que nos acompañarán toda la ruta con vistas a la Sierra de Béjar. El suelo cubierto por las hojas contrasta con el verde del musgo que cubre los muros del camino, haciendo del recorrido un paseo mágico. Hay tramos en los que la vereda se estrecha, incluso está cubierta por un riachuelo (nacimiento del arroyo Gascón) producto de las últimas lluvias, lo que nos hace sortear el agua, excepto a Coquer, el golden que de nuevo nos acompaña en esta ruta- y que no duda en bañarse en cualquier charco, río o poza- junto a su amigo inseparable, Edu, con quienes compartimos la penúltima ruta por Hervás.

Apenas nos cruzamos con gente, me atrevería a decir que tan solo con un par de ciclistas que eligieron esa ruta para dar pedales, algo que se agradece después de las últimas veces un tanto multitudinarias.

Alcanzamos La Hoya y cruzamos por mitad del pueblo en dirección a Navacarros, donde decidimos hacer la parada correspondiente para comer. Lo hacemos junto a la Iglesia del Santo Cristo del Humilladero y bajo el sol, un descanso que agradecemos a pesar de que el camino no es en absoluto duro, pero ese sol de invierno es una maravilla que hay que aprovechar.

Desde La Hoya emprendemos el último tramo de la ruta que nos devolverá a Vallejera de RioFrío.

Un gran descubrimiento que espero os sirva de inspiración.

¡Hasta la próxima!

Os dejo el track de Wikiloc por si os animáis a hacerla:

Y, por último, el vídeo resumen que subo a mi perfil de Instagram:

LA CHORRERA DE HERVÁS

Extremadura siempre es un buen plan. Y más, con lo cerca que está de Salamanca. En apenas una hora de coche nos ponemos en Hervás, nuestro destino de un sábado de noviembre con sol y apenas frío.

Hervás desde la ruta a la chorrera

La de hoy es una ruta distinta por la compañía. Vamos con algunos de los componentes de Diario Senderista, un grupo de humanos que caminan por los montes en compañía de sus mejores amigos, sus perros.

Coincidimos con ellos el pasado verano en El Collao de Garcibuey, uno de esos lugares a los que volver siempre que estás por la Sierra de Francia. Al frente del grupo está Eduardo Cid, compañero periodista al que hacía décadas que no veía. Os contamos “nuestra historia” en el podcast, no queráis saberlo todo tan pronto…

Y de aquel encuentro surgió la posibilidad de compartir algunas de nuestras rutas. Esta ha sido la primera, pero no será la última, os lo aseguro.

Antonio, Alain, Cristina, Antonio y yo junto a Coquer, Mori y Yupi.

La Chorrera de Hervás es una ruta sencilla, diría incluso que familiar. Apenas cuatro kilómetros de ida y otros tantos de vuelta que transcurren por una senda tranquila y con algunos tramos de subida, no demasiado pronunciados. Dejamos el coche en el aparcamiento de la presa del Horcajo e iniciamos la marcha por un tramo asfaltado hasta que se junta con el camino de tierra impregnado ya por las caídas del otoño.

Aparcamiento

Robles, castaños y algunos frutales nos acompañan en un camino que tiene mucho que ver con la central hidroeléctrica que se construyó a finales del s. XIX para surtir de electricidad a las fábricas textiles de la comarca. Da gusto caminar junto al canal en un paseo sombrío y muy tranquilo, a no ser por los constantes grupos de senderistas que se cruzan.

Llegamos hasta La Casa de la Luz, ahora en desuso, y que incluye un cartel explicativo en el que leemos que Hervás cuenta con electricidad desde las navidades de 1895 gracias a una central de vapor que se encontraba en las proximidades de la localidad.

La subida nos lleva hasta el Mirador, un lugar en el que hacer una pausa, descansar y respirar tras el esfuerzo y observar el paisaje que tenemos frente a nosotros: Hervás a lo lejos y en mitad del Valle.

Desde el Mirador

Nos cruzamos con muchos senderistas durante el camino. Muchos de ellos, acompañados por sus perros, por lo que la conversación fluye casi sin buscarla. En el podcast podrás comprobarlo.

Alcanzamos nuestro objetivo al divisar la Chorrera espectacular con esa caída de 15 metros y que tiene un gran número de espectadores dispuestos a fotografiarla.

Tras hacer una pausa para comer junto a la Chorrera, iniciamos el camino de vuelta, pero hacemos una desviación para asomarnos a las Charcas Verdes, un espacio más tranquilo y rodeado de castaños en el que un baño en pleno verano debe saber a gloria.

Pero antes de finalizar, paramos de nuevo en el Mirador para hacer un vuelo con el dron y tener una panorámica espectacular del valle:


Os dejo el track de Wikiloc por si os animáis a hacer la ruta:

Ya sabes que en algunas rutas grabo un podcast. En esta ocasión, aprovecho la compañía de Eduardo Cid, antiguo compañero de radio, para recordar nuestros inicios profesionales además de recoger los sonidos de este lugar y algunos de los senderistas que nos cruzamos por el camino. El resultado, aquí lo tienes:

SENDEROS. Episodio 8

Y para finalizar, el vídeo resumen de la ruta que suelo incluir en mi perfil de Instagram:

DESFILADERO DE LOS HOCINOS

Viajo a las Merindades, al norte de Burgos. Serán cuatro días para disfrutar de esta comarca que tiene como vecinas a Cantabria y Vizcaya. Es otoño y la zona promete.

Vistas desde el Puente del Aire

Para realizar la ruta del Desfiladero de los Hocinos, partimos de Valdenoceda, nuestra casa durante estos días. Aparcamos el coche en el Puente del Aire desde donde parte el sendero junto al río Ebro.

Se trata de una ruta sencilla de 7 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta y apta para todos los públicos que se integra en los Caminos Naturales del Ebro (GR 99). El rumor del agua nos acompañará durante todo el trayecto por una senda plagada de hojas caídas de los robles, chopos, acebos, hayas, helechos o bojs que bordean el camino. También se podrán ver águilas culebreras o reales, buitres (que merodeaban a nuestra llegada), alimoches y búhos reales.

Conviene detenerse de vez en cuando simplemente a contemplar cómo baja el agua del Ebro o admirar el entorno, encajado por las paredes del desfiladero, unas rocas de gran tamaño que no dejan a nadie indiferente.

Una de las partes más curiosas de la ruta es la que está formada por plataformas de hierro que sobrevuelan la orilla del río. Es la única manera de poder continuar el trayecto, aunque es fácil de pasarlas, incluidos los que padezcan de vértigo ya que son totalmente seguras.

El paseo se hace muy agradable y sin dificultad y hay momentos en los que atravesamos verdes praderas con ganado en un entorno realmente idílico donde tampoco faltan algunos ejemplares de setas, propias de la época.

Nuestro objetivo final es el Monasterio de Santa María de Rioseco , un lugar que sorprende nada más llegar a él. El monasterio fue habitado por monjes de la Orden del Císter y, aunque ha estado abandonado y en ruinas a lo largo del siglo XX, tiene una bonita historia detrás protagonizada por una plataforma ciudadana llamada Salvemos Rioseco. Junto con el párroco de Rioseco, Juan Miguel Gutiérrez Pulgar, han llevado a cabo actividades de rehabilitación sin las cuales el monasterio habría terminado por desaparecer.

En definitiva, una ruta llena de encantos que no solo tienen que ver con el paisaje recorrido, sino también con siglos de historia que se recuperan gracias a la voluntad y el compromiso.

Si os animáis a visitar la zona podéis alojaros en un gran número de casas rurales , todas preciosas y con un estilo montañés único que ha hecho de las Merindades, un lugar de retorno para aquellos que en su día emigraron al País Vasco y se disponen a cumplir una nueva etapa en sus vidas.

Os dejo, como siempre, el track de la ruta en Wikiloc:

Gracias de nuevo por estar ahí. ¡Hasta la próxima!

BATALLA DE FUENTES DE OÑORO

En 1811, la villa fronteriza de Fuentes de Oñoro entró de lleno en la historia.

Septiembre no es la mejor época para conocer la villa y alrededores. La sequía ha hecho estragos, las charcas están vacías y el campo amarillea, pero hoy queremos dar un paseo por Fuentes de Oñoro para conocer los lugares estratégicos en los que tuvo lugar una cruenta batalla que enfrentó a británicos y franceses en la Guerra de la Independencia.

Monolito conmemorativo

“En memoria de las tropas anglo luso germano españolas que en la batalla del 5 de mayo de 1811 al mando de Lord Wellington derrotaron a las francesas de Massena. Fuentes de Oñoro a 28 – 6 – 1986”

Conviene repasar la historia de Fuentes de Oñoro antes de adentrarnos en la batalla. Os recomiendo que entréis en la web del Ayuntamiento donde lo explican muy bien.

La ruta que hacemos es sencilla y se centra en el casco antiguo de la villa, aunque es cierto que la ampliamos después al acercarnos hasta el pueblo portugués de Poço Belho, a cinco kilómetros de Fuentes de Oñoro. Aparcamos el coche junto a la Iglesia de la Asunción de María y en esa pequeña plaza vemos el monolito que recuerda los caídos de ambos bandos. La Batalla de Fuentes de Oñoro tuvo lugar entre los días 3 y 5 de mayo de 1811, en plena Guerra de la Independencia. Se enfrentaron ingleses contra franceses, o lo que es lo mismo, el General Wellington contra el Mariscal Massena.

La historia describe los hechos como un episodio muy cruento en el que ambos ejércitos sufrieron centenares de víctimas. Incluso dicen que la sangre corría formando regatos por las calles ya que no existían sumideros. La batalla culminó con la victoria de los ingleses, lo que puso en un aprieto a Massena frente a Napoleón, mientras que la figura de Lord Wellington se hizo más grande. Lo curioso es que ambos contendientes se adjudicaron la victoria y así en el Arco de Triunfo de París los franceses dejaron constancia de ello y los ingleses pusieron el nombre de Fuentes de Oñoro a una calle londinense. Además, en el año 1971 emitieron un billete de 5 libras dedicado a Wellington y a la batalla, que estuvo en curso legal hasta el año 1991.

Partimos de la iglesia y nos dirigimos hacia la Cruz de Santa Bárbara, un alto desde el que se divisa todo el pueblo. De camino nos encontramos a Silverio Pérez, vecino del pueblo que atiende en esos momentos a sus cabras, y nos habla de las recreaciones que se celebran cada cierto tiempo para recordar la batalla. Tenéis su testimonio en el podcast de Senderos. Muy divertido, por cierto.

Otro de los puntos a destacar es La Torre, un mirador desde el que se divisa el camino por el que avanzaron los franceses antes de iniciar la batalla, además de ver la Cruz de Santa Bárbara, justo enfrente. El lugar está presidio por una construcción de piedra con forma circular y cuyo uso desconozco. Bien podría haber servido de refugio a pastores, por ejemplo.

Nuestro último objetivo es la Ermita humilladero de El Santo Cristo. Cuidada (al menos por fuera), sencilla y con la peculiaridad de tener junto a ella una pequeña plaza de toros. No hay que olvidar la tradición ganadera y taurina de esta zona de la provincia.

La Ermita al fondo

Dejadme que en esta ocasión, y por ser una ruta especial que se sale de las habituales que suelo hacer, de las gracias a Raúl Bellido, Guía de Turismo Napoleónico y conocido como El Primer Edecán, que ha contextualizado la batalla y me lo ha contado en el podcast. Os enlazo el episodio para que lo escuchéis:

Aunque al salir del pueblo seguimos hasta la localidad portuguesa de Poço Belho no lo relato en el podcast, pero sí podéis seguir el track en mi perfil de Wikiloc. Raúl Bellido menciona esta pequeña localidad portuguesa por ser parte del recorrido que hicieron los franceses en su ataque a las tropas inglesas. Nos lleva hasta allí un largo camino de tierra entre grandes encinares.

Track de Wikiloc

Y, por último, os dejo con el reel que subí a Instagram. Ha sido una ruta distinta a las que hago habitualmente pero, en cualquier caso, espero que la hayas disfrutado.

Gracias por estar.

FRAGAS DO EUME

Es agosto. La peor época del año, en mi opinión, para llevar a cabo cualquier viaje o ruta, como es el caso. Pero una vez asumido el riesgo, vamos allá.

Las Fragas do Eume está considerado el mejor bosque atlántico de toda Europa. Casi nada. Helechos, castaños, abedules, eucaliptos o robles inundan este lugar lleno de magia y que transcurre junto al río Eume. El nombre Fragas se refiere precisamente a eso, un bosque denso y plagado de todos estos ejemplares.

De todas las rutas posibles, elegimos una corta porque el tiempo del que disponemos no es el que quisiéramos. Nos decidimos por hacer la Senda da Ventureira de 6.5 kilómetros.

Senda da Ventureira

Siendo la época que es, el acceso al Parque está controlado y tenemos que dejar el coche en el aparcamiento que hay junto al Centro de Interpretación. Desde allí, sale cada hora un autobús (gratuito) que tras recorrer siete kilómetros nos deja junto al Puente Maria Cristina para iniciar la ruta. Es cierto que la mayoría de la gente que vino con nosotros en el autobús, optó por ir directamente al Monasterio de Caaveiro, que es el punto final de esta ruta, pero nosotros cogimos el sentido contrario. Nos adentramos por la vereda que va junto al Eume rodeada de altos ejemplares de castaños, abedules y helechos. Es un paseo más que agradecido porque no hace excesivo calor, es sombrío y no hay demasiado “tráfico”.

A medida que avanzamos comenzamos a cruzarnos con más gente, casi todos grupos reducidos. Como el caso de una pareja, Danny y Nina, de Suiza y Austria respectivamente, con los que me paré a charlar y grabarles para el podcast. Encantadores. Más adelante empezamos a divisar una hilera de senderistas que vemos venir de frente y con los que también hablé. Eran casi treinta y venían de la mano de una agencia de viajes llamada Arawak y desde toda España. Conseguí hablar, además, con el guía escoba que cerraba el grupo, Hugo Piñeiro. Lo podéis escuchar en el podcast dando todo tipo de explicaciones.

Había hambre porque se acercaba la hora de comer y no teníamos plan, es decir, no llevábamos los bocatas habituales porque nuestra intención de entrada era volver en el bus y comer en Pontedeume. Error. Bueno, más bien, cambio de planes. Cuando divisábamos el Monasterio de Caaveiro solo pensábamos en tomar algo que nos calmara la sed. Y cuál fue nuestra sorpresa cuando divisamos una terraza llena de gente comiendo y bebiendo como si estuvieran en el paraíso. Porque eso fue lo que nos pareció realmente. Un oasis en pleno desierto. ¿Quién nos iba a decir que en plena caminata íbamos a encontrar una taberna tan bien atendida, con gente tan amable y con una comida tan espectacular? Nadie. Allí sirven dos tipos de bocadillos y ya. ¿Para qué más? Las explicaciones me las dio Martín, el cocinero que no paraba de cortar pan, hacer tortillas y freir carne como si no hubiera un mañana y que podéis escuchar también en el podcast. La Taberna de Caaveiro está atendida por miembros de la misma familia y solo tengo buenas palabras para todos ellos.

Eso sí, antes de comer y mientras nos preparaban los bocatas, fuimos a ver el Monasterio. Y aquí, merece la pena detenernos. El Monasterio de Caaveiro data del año 934 y en él se refugiaron monjes anacoretas para llevar una vida contemplativa y dedicada a la oración. Y, aunque algunas de las edificaciones del Monasterio ya desaparecieron, las labores de rehabilitación que se han llevado a cabo en los últimos años han dado un resultado espectacular. La integración de los materiales-hierro, madera y piedra- con los restos originales han formado un conjunto arquitectónico que invita a recorrerlo con pausa y contemplación, tal y como era la vida allí en sus orígenes. Algunas salas se han rehabilitado para acoger documentos relevantes o a modo expositivo y, aunque nosotros hicimos la visita por nuestra cuenta, convendría contar con un guía que explique la historia con todo tipo de detalles.

La vuelta fue bajo la improvisación y, lo que en principio iba a ser una caminata de siete kilómetros, se transformó en otro paseo en autobús. Y, qué queréis que os diga, después de la comida fantástica en aquel escenario, no se me ocurría otra manera mejor de terminar la ruta.

En definitiva, un paseo maravilloso a pesar del gentío, que convendría repetir en pleno otoño.

Y aquí puedes escuchar el podcast que grabé durante la ruta y las conversaciones que mantuve con la pareja de senderistas, el guía local y el cocinero de la taberna, a quienes les agradezco infinito su participación.

También puedes ver el track de Wikiloc e, incluso, seguir mi cuenta para estar al tanto de las rutas.

Track de Wikiloc

Y, como siempre, el resumen que subo a mi perfil de Instagram:

GRACIAS por estar ahí y ¡hasta la próxima!

VÍA VERDE-COVA FOSCA

Sigo en Denia. Esta vez hemos elegido de manera improvisada una ruta cercana y muy sencilla. Además, queremos ir en bici por lo que elegir la Vía Verde es la mejor opción.

Inicio de la Vía Verde

La Vía Verde de Denia es un trazado rehabilitado sobre la antigua línea de ferrocarril que unió Denia con Gandía durante 90 años. Tiene un total de 6.5 kilómetros hasta la localidad de El Verger aunque, en nuestro caso, salimos desde Les Rotes, y sumamos un total de 30 kilómetros.

Es un camino sencillo que habitualmente utilizan paseantes y deportistas, apto para todo tipo de público.

Aunque hay algunos tramos de tierra, se ha asfaltado parte de la ruta que facilitan la caminata, y por supuesto el rodar con las bicicletas.

El paseo que transcurre entre campos de naranjos, huertas de particulares, almendros o diversas plantaciones de especies autóctonas como el pino carrasco o el roble valenciano.

Una vez que hemos alcanzado los 6.5 kilómetros y llegado a El Verger, atravesamos el pueblo y nos dirigimos hacia el cementerio. Pocos metros más allá vemos el inicio de la caminata que nos llevará hasta la Cova Fosca o Cueva Oscura, en plena Sierra Segaria.

La subida se hace rápido puesto que son apenas 500 metros. Nada más verte frente a la entrada sorprende la cantidad de graffitis que hay, una lástima porque es una manera bastante absurda de destrozar el lugar.

Aunque desde fuera la cueva parezca sencilla, es todo un espectáculo para aquellos que puedan entrar a ella. No fue nuestro caso, pero sí hemos visto imágenes de grupos de espeleólogos que han descendido por sus paredes y el resultado es espectacular. Os dejo este enlace para que le echéis un vistazo.

La cueva ha servido de cobijo para multitud de ocasiones y gentes. Desde el Neolítico, época en la que se utilizó como vivienda, los periodos íberos o romanos en los que se usó como santuario o más cercanos en el tiempo en los que sirvió a viajantes, pastores o comerciantes para sus labores.

Desde la entrada a la cueva se divisan todos los pueblos de alrededor: Ondara, Benimeli, Ráfol de Almunia, Pego, El Verger, Beniarbeig y Denia.

Hoy es un lugar para expertos en rápel o excursionistas. De hecho, coincidimos con un grupo de niños y niñas que la visitaron como actividad de campamento de verano.

Vistas desde la cueva

Os dejo el track de Wikiloc por si os interesa o queréis seguir mi perfil:

Y por último, el resumen que subo a mi perfil de Instagram:

Gracias por estar y ¡hasta la próxima!

RUTA DE LOS ACANTILADOS

El Mediterráneo siempre es un buen lugar al que volver. Nos acercamos desde Denia hasta Benitachell para hacer una ruta corta pero intensa de ida y vuelta y que nos llevará desde la cala del Moraig hasta la de Llebeig. Es un paisaje majestuoso que nos traslada hasta hace más de 15 millones de años, cuando la separación entre Europa y África dio lugar a la formación de grandes fallas que crearon enormes escalones.

Una de esas fallas es la de Moraig a la que se accede desde la propia cala.

Falla de Moraig

La ruta es un trazado de 4 kilómetros de ida y vuelta que parte del entorno de la Cala del Moraig, un lugar espectacular en el que darse un baño en sus aguas turquesas y no tan templadas como gran parte del Mediterráneo. La ruta está perfectamente indicada y transcurre por una senda estrecha de tierra que sube y baja de manera constante. No es especialmente dura, salvo si padeces de vértigo, aunque también hay tramos algo resbaladizos. Pero solo caminar bordeando el mar durante todo el trayecto ya merece la pena.

Llama la atención las constantes cuevas que nos encontramos en el camino. La Cova de los Morretes, la Cova del Ti Domingo l’Abiar, la Cova de Pepet el Morret, y la Cova del Morro del Bou. Unas cavidades excavadas en la roca a base de piedra seca y mortero que sirvieron de cobijo a pescadores y agricultores, incluidos los animales de carga o los contrabandistas que aguardaban la llegada de telas o tabaco . Las cuevas tenían distintas estructuras como hornos para hacer pan, la vivienda y un pesebre para los animales.

Aunque la ruta es corta, el sol aprieta y conviene hacer alguna parada para beber agua y coger aire en las pocas sombras que hay bajo las higueras o algarrobos. Los golpes de calor pueden ser traicioneros y es mejor tomárselo con calma y ganarse el baño en la cala Llebeig sin prisas.

Pausa en el camino

El descenso a la Cala de Llebeig es delicado. Terreno arenoso y resbaladizo en una pendiente pronunciada que conviene hacer sin prisas. Debajo, unas vistas maravillosas de la cala nos dan el empujón necesario para afrontar los últimos metros.

Cala de Llebeig

El baño es obligado aunque, he de decir, que la cala es más bonita desde las alturas. Eso sí, se agradece el agua más fresca de lo normal y el baño te deja como nueva. Apenas hay sombras a pie de playa y, si puedo recomendarte algo, es que te instales junto a las casetas de pescadores. Corre una brisilla que se agradece de qué manera.

Y aquí os dejo el podcast de la ruta:

Os enlazo el track de Wikiloc por si os interesa o queréis seguir mi perfil.

Y el vídeo resumen de la ruta que subo a mi perfil de Instagram:

MONT SALÈVE

Es mi cuarta vez en Ginebra. Viaje más o menos improvisado pero en el que queremos hacer alguna ruta cercana y sin dificultad (mi rodilla sigue de aquella manera). Por si no las has visto aún, te dejo aquí los enlaces a otras dos rutas hechas en Suiza hace un año: por un lado la subida al Aiguille du Midi y por otra el recorrido que hicimos por el Lago Oeschinensee, ambas espectaculares.

Aunque la mayoría de visitantes accede desde Ginebra, el Monte Salève se encuentra en Francia y es un clásico para los ginebrinos, uno de esos lugares a los que quien más quien menos ha ido alguna vez y lo incluye en sus rutinas excursionistas. Incluso los hay que lo tienen como una manera más de estar en forma ya que suben y bajan el monte como si cualquier cosa, algo que, después de haberlo pateado, me sigue costando creer.

Hay varias posibilidades de llegar a la cumbre del Salève (1.380m.) incluido el teleférico, desde la localidad de Veyrier. Esa opción no fue posible, aunque lo quisiéramos, al estar fuera de servicio por obras. Así que, una vez que fuimos desde Ginebra hasta Veyrier en el autobús urbano número 8, caminamos durante algunos minutos por carretera de asfalto hasta encontrar la desviación hacia la ruta que está perfectamente indicada a lo largo de todo el trayecto. Como curiosidad, cruzaremos el puesto de frontera que antiguamente separaba Francia de Suiza.

Mont Salève desde el pueblo

Ya en terreno francés y con calma, empezamos a caminar siguiendo las señales. Ibamos concienciados de que sería una subida constante hasta la cumbre, sin apenas tramos llanos. Aún así, nos encontramos algún trazado en los que respirar más tranquilos. Nos adentramos enseguida en el bosque. Un bosque dominado por las hayas, enormes y majestuosas. En cierto sentido, muy parecidos a los bosques que estamos acostumbrados a ver en España.

Prácticamente al inicio de la subida nuestra sorpresa fue encontrarnos un campo de golf en perfectas condiciones, tan bonito como exigente a juzgar por el diseño de sus hoyos.

 Golf & Country Club de Bossey

El suelo guarda aún restos de las hojas caídas en otoño que se han ido fundiendo con la tierra. Una tierra oscura y rica que garantiza, entre otras cosas, el mejor lugar para los hongos. El silencio que escuchamos solo se rompe con los cantos de los pájaros alborotados y con los pasos ligeros de algún senderista que nos adelanta a buen ritmo a pesar de lo empinado del trazado.

Una vez pasado el punto de información, empieza la subida seria. Conviene poner los cinco sentidos sobre el terreno porque cualquier descuido puede suponer un disgusto. Caminaremos al borde de algunos terraplenes por lo que, si padeces de vértigo, esta ruta no es para ti. Si no tienes bastones de apoyo, que fue nuestro caso por aquello de la improvisación, siempre puedes echar mano de ramas caídas de los árboles que se ajusten a tu estatura.

A mitad de la subida encontramos un rincón dedicado a una virgen con velas incluidas desde donde podemos divisar Ginebra.

Uno de los momentos más delicados es el el Gran Sendero del Desfiladero, un tramo vertiginoso donde hay que tener cuidado con las piedras que pisamos por si le caen a los que vienen detrás. Y menos mal que las partes más peligrosas cuentan con barandillas de hierro o cuerdas de acero a las que agarrarse. La placa que vemos en la zona, colocada en septiembre de 1948, dice que es un lugar mantenido desde 1868 por la sección genovesa del Club de Alpinismo suizo. Pincha en la foto para leer el texto completo.

Sorprende ver cómo nos adelantan algunos senderistas-deportistas que suben a buen ritmo, algunos corriendo, a pesar de la dificultad. Debe ser la costumbre.

Confesaré que había un motivo para hacer más llevadera la subida y era pensar que en la cima íbamos a dar cuenta de una buena hamburguesa con su correspondiente cerveza en el restaurante que allí se encuentra, L’Observatoire. Pero no caímos en la cuenta de que nuestro horario español no coincide con el suizo, y cuando quisimos llegar arriba (las 3 de la tarde) estaba cerrado el turno de comidas y nos conformamos con una tabla de quesos, siempre disponible en cualquier mesa suiza. Eso sí, con vistas al Mont Blanc.

Momento irremplazable

Conviene respirar en la explanada de la cima y contemplar Ginebra en toda su extensión por un lado, y el Mont Blanc y demás picos por otro.

Todo lo que sube, baja. Y, aunque estuvimos tentados de pedir que alguien nos devolviera en coche hasta Veyrier, osamos hacerlo por nuestra cuenta. La senda inicial es preciosa y caminas de hayedo en hayedo por sendas sombrías y silenciosas, a no ser por los pájaros que insisten en acompañarnos. Mi primera sorpresa, nada más iniciar el descenso fue encontrarnos con una pista de despegue de parapentes.

Pero se termina el dulce paseo por hayedos para afrontar el tramo más duro e interminable de la bajada, que finaliza con algunos trazados de escaleras infinitas. Se hace especialmente larga la bajada y conviene no desprenderse de los bastones en ningún momento. Me sigue fascinando el cruzarme con paisanos que tienen en este lugar su momento de ocio o paseo de sus perros como si tal cosa. también he leído comentarios a la ruta que la describen como “familiar” o ideal para hacer con niños. No salgo de mi asombro.

Como sabéis, no solo podéis leer y ver esta ruta, sino también escucharla con la serie Senderos.

Os dejo el enlace al track de Wikiloc por si os interesa o por si queréis suscribiros a mi perfil.

Track de wikiloc

Y aquí, el vídeo que subo a mi Instagram.

Soy periodista freelance y no cuento con el apoyo de grandes grupos mediáticos.Por eso me gustaría que compartieras este contenido con aquellas personas aficionadas al senderismo o que, por otra razón, pudieran estar interesadas en él. Por eso es importante que, si te gusta, lo compartas o me dejes algún comentario. Además, recuerda que puedes suscribirte aquí en mi web o en cualquiera de las plataformas de podcast para recibir el episodio nada más publicarlo.

¡Hasta la próxima!

HOYA MOROS

Era la segunda vez que volvíamos en apenas dos meses. En esta entrada te conté la primera. Y como nos quedamos con las ganas de llegar hasta los 2.000 metros, decidimos que era el momento de alcanzar Hoya Moros.

Aunque mi rodilla no se encontraba todavía recuperada del resbalón de aquella vez, sentí la necesidad de superar ese miedo a otra posible caída.

El pronóstico del tiempo hablaba de temperaturas que alcanzarían los 40 grados, algo inusual en primavera, pero que nos había dejado ya días de un calor intenso e impropio. Era el único temor que teníamos ante la ruta, para lo cual cargamos de agua congelada en nuestras mochilas, junto con el resto de aperos apropiados, e iniciamos la caminata.

Dejamos el coche en la Dehesa de Candelario después de sortear grandes baches y una polvareda importante a nuestro paso. Iniciamos el ascenso por una vereda estrecha, marcada y con una vegetación tan exhuberante como olorosa. Escobas con sus flores amarillas, piornos repletos de brotes y un color verde intenso ayudan a llevar mejor la subida.

Del calor anunciado, nada. Corrió cierta brisilla que nos ayudó a llevar mejor la caminata, porque de haber hecho las temperaturas previstas, la cosa habría sido muy distinta.

Finalizamos el primer tramo justo donde lo dejamos la vez anterior, algunos metros antes del refugio de Hoya Cuevas, a 1.850m. Tomamos un tentempié para afrontar la subida final y charlamos con Antonio y Ana, dos senderistas de Plasencia, habituales del lugar que tenían la intención de comer y echarse una buena siesta en las esterillas que llevaban ancladas en la mochila. Antonio me cuenta que prefiere esta zona a la Plataforma de Gredos y la Laguna Grande porque están masificados, la gente no tiene cuidado con las basuras y es fácil encontrarse restos de comida con todo lo que eso supone. Tras la charla, ellos siguen su camino y nosotros el nuestro.

Llegamos al Valle Glaciar de Hoya Moros envueltos en silencio y con un paisaje espectacular. El río Cuerpo de Hombre luce sus aguas cristalinas y heladas (lo comprobaríamos después) bajo la mirada de un entorno presidido por Los Hermanitos, dos montes graníticos similares a 2.322 m. junto con El Torreón, el Paso del Diablo o la Cumbre de Talamanca sobre la que se juntan tres provincias, Ávila, Salamanca y Cáceres. Más a la izquierda, el Canchal de la Ceja a 2.425m. y El Calvitero.

Comer admirando ese paisaje, escuchando los pájaros y el correr del río es un acto que debería ser sagrado. Y el colmo, meter los pies en esas aguas y sentir el dolor por los 13 grados que te recorren de arriba abajo. Eso es impagable.

Tras una pequeña siesta, iniciamos la bajada. Confesaré que me costó más y hubo momentos en los que debí jurar en arameo. No elegimos el camino fácil precisamente, y mi temor a otra posible caída (aunque esta vez no había hielo) hizo algo más complicado el camino. Bajamos paralelos al arroyo El Pulsero y-aunque en un principio, iríamos entre piornos y escobas- decidimos variar y desviarnos hacia la derecha por un tramo más inclinado pero menos invadido por la vegetación. La bajada finaliza en un pinar que te lleva hasta la carretera de tierra poniendo el punto final a la ruta.

Os dejo el enlace al podcast de la ruta. Comprobarás que hay algunos momentos(pocos, eso sí) en los que el aire de las alturas se cuela y dificulta un poquito la escucha, pero se entiende sin problema:

Este es el track de la ruta en Wikiloc. Si sueles usar esta aplicación, me gustaría que te suscribieras a mi perfil e, incluso, compartir información.

Track de la ruta en Wikiloc

Y ahora, como siempre, el vídeo que subo a mi perfil de Instagram:

MADROÑAL- CEPEDA

Ha sido nuestra primera ruta sin Jazz, nuestro Yorkshire que, desde hacía diez años, nos acompañaba a todas partes. A todas. De ahí que le hayamos dedicado este camino entre Madroñal y Cepeda en el que su espíritu ha ido a nuestro lado.

JAZZ

Estamos en pleno corazón de la Sierra de Francia. Se trata de una ruta circular de 8,8 kilómetros bien señalizada, sencilla y para realizar por niños y adultos. La mejor época para hacerla es el otoño, debido a que se trata de un sendero micológico y la variedad de hongos es espectacular. Además, podemos ver a lo largo del camino carteles con las explicaciones convenientes sobre cada una de las especies del lugar.

Iniciamos la ruta desde Madroñal, por un paisaje plagado de huertos con frutales donde predominan los cerezos y las viñas. Junto a algunas de estas huertas vemos pozos convenientemente vallados para impedir posibles caídas. Es triste, pero la maleza inunda algunas de las huertas, sobre todo las más alejadas del pueblo, lo que nos indica el abandono que sufren desde hace tiempo.

Pinos, castaños, robles, escobas, jaras y, por supuesto un maravilloso bosque de madroños nos esperan a lo largo del camino.

La primavera está en todo su esplendor y se nota, no solo en lo verde de la vegetación, sino en el cantar continuo de pájaros y revoloteo de mariposas que, no sé si milagrosamente, han vuelto a los campos.

Así llegamos a Cepeda, catalogado como uno de los Pueblos Mágicos de España. Recorremos sus calles con las construcciones típicas de la Sierra de Francia, donde abunda el entramado de madera en las fachadas. Nos dirigimos hacia la salida del pueblo y pasamos por la Fuente del Castañar, de estructura abovedada y que sirvió en su día como lavadero de ropa. Cuento más detalles en el podcast 🙂

La mayor parte de la ruta transcurre por una pista de tierra y es sombría, sobre todo cuando nos sumergimos en el bosque de madroños que, como cuento en el podcast, da la impresión de que nos vaya a salir detrás de un helecho el bandido Fendetestas.

Llegamos hasta el Puente de la Dehesa que atraviesa el arroyo de San Pedro del Coso. Se trata de una construcción de piedra, del siglo XVI sobre la que se apoya un roble centenario. Es un roble albar, una especie poco común en esta zona por ser de clima atlántico que, además, ha crecido junto a una de las paredes del puente a modo de contrafuerte, lo que ha ayudado a la conservación del mismo.

El paseo por el bosque se hace de lo más agradable debido a la sombra que nos dan los madroños, robles y castaños. Es un tramo sencillo que nos llevará hasta las huertas próximas a Madroñal. Las más cercanas al pueblo están cuidadas, pero no ocurre lo mismo con las más alejadas, donde la maleza ha crecido a su aire dejando bien claro que están abandonadas. Aquí ponemos el punto y final a este recorrido sencillo que os cuento en formato podcast y que os invito a escuchar como si fuéramos juntos caminando.

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