Es mi cuarta vez en Ginebra. Viaje más o menos improvisado pero en el que queremos hacer alguna ruta cercana y sin dificultad (mi rodilla sigue de aquella manera). Por si no las has visto aún, te dejo aquí los enlaces a otras dos rutas hechas en Suiza hace un año: por un lado la subida al Aiguille du Midi y por otra el recorrido que hicimos por el Lago Oeschinensee, ambas espectaculares.

Aunque la mayoría de visitantes accede desde Ginebra, el Monte Salève se encuentra en Francia y es un clásico para los ginebrinos, uno de esos lugares a los que quien más quien menos ha ido alguna vez y lo incluye en sus rutinas excursionistas. Incluso los hay que lo tienen como una manera más de estar en forma ya que suben y bajan el monte como si cualquier cosa, algo que, después de haberlo pateado, me sigue costando creer.

Hay varias posibilidades de llegar a la cumbre del Salève (1.380m.) incluido el teleférico, desde la localidad de Veyrier. Esa opción no fue posible, aunque lo quisiéramos, al estar fuera de servicio por obras. Así que, una vez que fuimos desde Ginebra hasta Veyrier en el autobús urbano número 8, caminamos durante algunos minutos por carretera de asfalto hasta encontrar la desviación hacia la ruta que está perfectamente indicada a lo largo de todo el trayecto. Como curiosidad, cruzaremos el puesto de frontera que antiguamente separaba Francia de Suiza.

Mont Salève desde el pueblo

Ya en terreno francés y con calma, empezamos a caminar siguiendo las señales. Ibamos concienciados de que sería una subida constante hasta la cumbre, sin apenas tramos llanos. Aún así, nos encontramos algún trazado en los que respirar más tranquilos. Nos adentramos enseguida en el bosque. Un bosque dominado por las hayas, enormes y majestuosas. En cierto sentido, muy parecidos a los bosques que estamos acostumbrados a ver en España.

Prácticamente al inicio de la subida nuestra sorpresa fue encontrarnos un campo de golf en perfectas condiciones, tan bonito como exigente a juzgar por el diseño de sus hoyos.

 Golf & Country Club de Bossey

El suelo guarda aún restos de las hojas caídas en otoño que se han ido fundiendo con la tierra. Una tierra oscura y rica que garantiza, entre otras cosas, el mejor lugar para los hongos. El silencio que escuchamos solo se rompe con los cantos de los pájaros alborotados y con los pasos ligeros de algún senderista que nos adelanta a buen ritmo a pesar de lo empinado del trazado.

Una vez pasado el punto de información, empieza la subida seria. Conviene poner los cinco sentidos sobre el terreno porque cualquier descuido puede suponer un disgusto. Caminaremos al borde de algunos terraplenes por lo que, si padeces de vértigo, esta ruta no es para ti. Si no tienes bastones de apoyo, que fue nuestro caso por aquello de la improvisación, siempre puedes echar mano de ramas caídas de los árboles que se ajusten a tu estatura.

A mitad de la subida encontramos un rincón dedicado a una virgen con velas incluidas desde donde podemos divisar Ginebra.

Uno de los momentos más delicados es el el Gran Sendero del Desfiladero, un tramo vertiginoso donde hay que tener cuidado con las piedras que pisamos por si le caen a los que vienen detrás. Y menos mal que las partes más peligrosas cuentan con barandillas de hierro o cuerdas de acero a las que agarrarse. La placa que vemos en la zona, colocada en septiembre de 1948, dice que es un lugar mantenido desde 1868 por la sección genovesa del Club de Alpinismo suizo. Pincha en la foto para leer el texto completo.

Sorprende ver cómo nos adelantan algunos senderistas-deportistas que suben a buen ritmo, algunos corriendo, a pesar de la dificultad. Debe ser la costumbre.

Confesaré que había un motivo para hacer más llevadera la subida y era pensar que en la cima íbamos a dar cuenta de una buena hamburguesa con su correspondiente cerveza en el restaurante que allí se encuentra, L’Observatoire. Pero no caímos en la cuenta de que nuestro horario español no coincide con el suizo, y cuando quisimos llegar arriba (las 3 de la tarde) estaba cerrado el turno de comidas y nos conformamos con una tabla de quesos, siempre disponible en cualquier mesa suiza. Eso sí, con vistas al Mont Blanc.

Momento irremplazable

Conviene respirar en la explanada de la cima y contemplar Ginebra en toda su extensión por un lado, y el Mont Blanc y demás picos por otro.

Todo lo que sube, baja. Y, aunque estuvimos tentados de pedir que alguien nos devolviera en coche hasta Veyrier, osamos hacerlo por nuestra cuenta. La senda inicial es preciosa y caminas de hayedo en hayedo por sendas sombrías y silenciosas, a no ser por los pájaros que insisten en acompañarnos. Mi primera sorpresa, nada más iniciar el descenso fue encontrarnos con una pista de despegue de parapentes.

Pero se termina el dulce paseo por hayedos para afrontar el tramo más duro e interminable de la bajada, que finaliza con algunos trazados de escaleras infinitas. Se hace especialmente larga la bajada y conviene no desprenderse de los bastones en ningún momento. Me sigue fascinando el cruzarme con paisanos que tienen en este lugar su momento de ocio o paseo de sus perros como si tal cosa. también he leído comentarios a la ruta que la describen como “familiar” o ideal para hacer con niños. No salgo de mi asombro.

Como sabéis, no solo podéis leer y ver esta ruta, sino también escucharla con la serie Senderos.

Os dejo el enlace al track de Wikiloc por si os interesa o por si queréis suscribiros a mi perfil.

Track de wikiloc

Y aquí, el vídeo que subo a mi Instagram.

Soy periodista freelance y no cuento con el apoyo de grandes grupos mediáticos.Por eso me gustaría que compartieras este contenido con aquellas personas aficionadas al senderismo o que, por otra razón, pudieran estar interesadas en él. Por eso es importante que, si te gusta, lo compartas o me dejes algún comentario. Además, recuerda que puedes suscribirte aquí en mi web o en cualquiera de las plataformas de podcast para recibir el episodio nada más publicarlo.

¡Hasta la próxima!

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