Era la segunda vez que volvíamos en apenas dos meses. En esta entrada te conté la primera. Y como nos quedamos con las ganas de llegar hasta los 2.000 metros, decidimos que era el momento de alcanzar Hoya Moros.

Aunque mi rodilla no se encontraba todavía recuperada del resbalón de aquella vez, sentí la necesidad de superar ese miedo a otra posible caída.

El pronóstico del tiempo hablaba de temperaturas que alcanzarían los 40 grados, algo inusual en primavera, pero que nos había dejado ya días de un calor intenso e impropio. Era el único temor que teníamos ante la ruta, para lo cual cargamos de agua congelada en nuestras mochilas, junto con el resto de aperos apropiados, e iniciamos la caminata.

Dejamos el coche en la Dehesa de Candelario después de sortear grandes baches y una polvareda importante a nuestro paso. Iniciamos el ascenso por una vereda estrecha, marcada y con una vegetación tan exhuberante como olorosa. Escobas con sus flores amarillas, piornos repletos de brotes y un color verde intenso ayudan a llevar mejor la subida.

Del calor anunciado, nada. Corrió cierta brisilla que nos ayudó a llevar mejor la caminata, porque de haber hecho las temperaturas previstas, la cosa habría sido muy distinta.

Finalizamos el primer tramo justo donde lo dejamos la vez anterior, algunos metros antes del refugio de Hoya Cuevas, a 1.850m. Tomamos un tentempié para afrontar la subida final y charlamos con Antonio y Ana, dos senderistas de Plasencia, habituales del lugar que tenían la intención de comer y echarse una buena siesta en las esterillas que llevaban ancladas en la mochila. Antonio me cuenta que prefiere esta zona a la Plataforma de Gredos y la Laguna Grande porque están masificados, la gente no tiene cuidado con las basuras y es fácil encontrarse restos de comida con todo lo que eso supone. Tras la charla, ellos siguen su camino y nosotros el nuestro.

Llegamos al Valle Glaciar de Hoya Moros envueltos en silencio y con un paisaje espectacular. El río Cuerpo de Hombre luce sus aguas cristalinas y heladas (lo comprobaríamos después) bajo la mirada de un entorno presidido por Los Hermanitos, dos montes graníticos similares a 2.322 m. junto con El Torreón, el Paso del Diablo o la Cumbre de Talamanca sobre la que se juntan tres provincias, Ávila, Salamanca y Cáceres. Más a la izquierda, el Canchal de la Ceja a 2.425m. y El Calvitero.

Comer admirando ese paisaje, escuchando los pájaros y el correr del río es un acto que debería ser sagrado. Y el colmo, meter los pies en esas aguas y sentir el dolor por los 13 grados que te recorren de arriba abajo. Eso es impagable.

Tras una pequeña siesta, iniciamos la bajada. Confesaré que me costó más y hubo momentos en los que debí jurar en arameo. No elegimos el camino fácil precisamente, y mi temor a otra posible caída (aunque esta vez no había hielo) hizo algo más complicado el camino. Bajamos paralelos al arroyo El Pulsero y-aunque en un principio, iríamos entre piornos y escobas- decidimos variar y desviarnos hacia la derecha por un tramo más inclinado pero menos invadido por la vegetación. La bajada finaliza en un pinar que te lleva hasta la carretera de tierra poniendo el punto final a la ruta.

Os dejo el enlace al podcast de la ruta. Comprobarás que hay algunos momentos(pocos, eso sí) en los que el aire de las alturas se cuela y dificulta un poquito la escucha, pero se entiende sin problema:

Este es el track de la ruta en Wikiloc. Si sueles usar esta aplicación, me gustaría que te suscribieras a mi perfil e, incluso, compartir información.

Track de la ruta en Wikiloc

Y ahora, como siempre, el vídeo que subo a mi perfil de Instagram:

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